Durante unos segundos, ninguno de los presentes reaccionó.
Rubén, todavía arrodillado, la miró atónito.
Su rostro se ensombreció.
—Todo tiene un límite. Admito que me equivoqué, pero ya te pedí perdón. Comprometí una inversión multimillonaria en este proyecto solo para poder verte.
Se levantó lentamente.
—Después de encontrarte, me disculpé, traté de complacerte y hasta me arrodillé para pedirte matrimonio otra vez. Hice todo lo posible y dejé el orgullo a un lado. ¿Qué más quieres de mí?
Desde