El sonido de la viola resonaba alegremente al otro lado del patio, mezclándose con las risas. Carlos se alejó el primero. Nadie sospechó nada. Caminó a zancadas, con el corazón acelerado y la respiración entrecortada, no por el esfuerzo, sino por la expectación.
El camino hasta la pérgola estaba iluminado solo por la luz de la luna. Las flores de buganvilla, violetas y rosadas, colgaban como velos, acariciadas por la cálida brisa de la noche. Carlos se detuvo bajo el arco florido, se pasó la ma