Mientras los invitados se dirigían al comedor, Mariana, sentada discretamente al fondo, observaba el ajetreo con un brillo divertido en los ojos.
Esbozó una media sonrisa casi imperceptible.
«Qué interesante... el juego se está poniendo bueno», pensó, recostándose en la silla con aire satisfecho.
Los invitados comenzaron a acomodarse en la larga mesa de madera pulida. Fue entonces cuando Carlos y Laís entraron, discretos, sin alarde; solo quienes sabían lo que estaba pasando entre ellos percibi