Fernando bajó las escaleras con zancadas largas, la mandíbula tensa, el corazón acelerado. Necesitaba respirar.
Abrió la puerta principal y salió al jardín. El aire de fuera era cálido, pesado.
Durante unos segundos, se quedó quieto mirando el horizonte, el campo dorado por el sol poniente, el sonido lejano de los caballos en el establo.
Pero lo que sentía en su interior no era calma. Era rabia. Rabia hacia ella. Rabia hacia sí mismo.
Se pasó la mano por el pelo, irritado.
—Enamorada de otro… —