— Fernando, mamá y Mariana tratan a Natália con hostilidad. Lo sabes tan bien como yo. Y lo que hago es intentar evitar que se sienta completamente sola aquí dentro.
— Tu ayuda no hace falta —le cortó Fernando, acercándose con la mirada fulminante—. No necesito que nadie defienda a mi prometida.
Carlos mantuvo un tono firme, sin levantar la voz.
—No es lo que piensas. Nunca le faltaría el respeto ni a ti ni a ella.
Fernando se quedó unos segundos en silencio, con los ojos clavados en su primo.