Un zumbido sordo llenaba los oídos de Natália. Poco a poco, la oscuridad dio paso a siluetas temblorosas. Cuando abrió los ojos, se dio cuenta de que estaba tumbada en la cama rústica, cubierta por una manta.
Intentó moverse, pero un peso opresivo la paralizó: él estaba allí.
Sentado en una silla frente a ella, Fernando la observaba en silencio. El cuerpo inclinado hacia delante, las manos juntas, los codos apoyados en las rodillas. Sus ojos negros la miraban fijos, penetrantes, como si quisier