Después de unos quince minutos, Carlos aparcó delante de una pequeña casa de madera, solitaria en medio del prado. La sencilla construcción tenía paredes desgastadas por el tiempo y un porche estrecho. Por suerte había electricidad y una débil lámpara iluminaba el porche.
—Es aquí —dijo él, bajándose del coche.
Natália bajó lentamente y siguió a Carlos. Dentro de la casa había una estufa de leña y unos pocos muebles: una cocina rústica con una mesa de madera y cuatro sillas, una estantería con