El domingo amaneció tranquilo, con el sol filtrándose por las cortinas y una brisa que las mecía. Cristina, aún en pijama, entró en el salón bostezando y se encontró a Natália de pie frente al espejo, arreglándose el pelo y vistiendo un vestido azul claro que resaltaba la suavidad de su rostro.
—Eh… —Cristina arqueó las cejas y cruzó los brazos—. ¿Arreglada así un domingo por la mañana? Y yo que pensaba que íbamos a desayunar juntas.
Natalia sonrió levemente, sin apartar la mirada del espejo.
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