Al otro lado del salón, Natália recogía discretamente su bolso y el abrigo. Cristina seguía conversando animadamente con algunos invitados extranjeros y le hizo un gesto con la mano cuando la vio lista para marcharse.
—¿Ya te vas? —preguntó Cristina, acercándose.
— Sí. Mañana tenemos una reunión temprano. Y… creo que ya he cumplido con mi parte.
—Hoy has estado genial, ¿lo sabías? —dijo Cristina con orgullo.
Natalia sonrió, serena.
Caminaron juntas hasta la salida y, por un instante, Ricardo