Natalia estaba concentrada en la pantalla del ordenador. Sobre la mesa, documentos impresos en chino y portugués se mezclaban con anotaciones detalladas escritas con su caligrafía precisa.
La puerta se abrió con un ligero chasquido. Cristina apareció, sosteniendo un sobre beige y con una sonrisa pícara.
—Interrumpiendo la jornada de la señorita dedicada —dijo, entrando con pasos ligeros—. Mira lo que te ha llegado.
Natalia levantó la vista.
—¿Para mí?
—Sí, señora traductora internacional. —Cri