La mañana siguiente entró implacable por los ventanales del ático, invadiendo la habitación con una luz demasiado blanca.
Vanessa se sentó en la cama, se pasó las manos por la cara y suspiró. El espejo frente a ella no perdonaba las profundas ojeras, los ojos hinchados.
Miró a su alrededor y no vio a Ricardo. No recordaba cómo había acabado en la cama; probablemente Ricardo la había llevado allí.
Con esfuerzo, se levantó y se dirigió al baño. Se dio una ducha y se arregló, eligió un conjunto el