Natalia estaba sola en el apartamento de Cristina; desde el día en que llegó a São Paulo, hacía cuatro días, vivía recluida, como si el mundo exterior no existiera.
Pasaba horas sentada frente a la ventana, observando el intenso tráfico, los ruidos de la ciudad que parecían venir de otro planeta.
De vez en cuando, miraba el móvil sin notificaciones, sin mensajes, sin su nombre.
Los recuerdos insistían en volver.
El firme roce de las manos de Fernando, el calor de los besos ardientes, la forma e