Tras unas horas de viaje, el coche negro conducido por el chófer de Valéria se detuvo finalmente frente a la imponente mansión Bragança.
La casa blanca, con sus columnas altivas y amplias ventanas, parecía un monumento a la tradición, un símbolo del poder de la familia.
Durante todo el trayecto, Valéria y Mariana apenas se dirigieron la palabra y prefirieron el silencio.
Valeria creía que Mariana estaba sumida en el arrepentimiento por los últimos acontecimientos, pero la verdad era otra: la me