Mariana, ya en la habitación, cerró la puerta con cuidado, se sentó frente al tocador y sacó el papel doblado del bolso. El número anotado en un pequeño trozo de papel parecía arder en su mano.
El corazón le latía acelerado, no por culpa, sino por cierto temor a lo que Paula pudiera hacer con aquello. Pero si ella había conseguido alguna forma de volver a la finca, ella también podría conseguirlo.
Cogió el móvil y escribió un breve mensaje:
«Aquí tienes el número que me pediste».
Y justo deba