—Decías que mi mente era sucia, que lo malpensaba todo, que era una mujer sin tolerancia. Que ella era mi hermana, tu ángel de la guarda, y que cómo podía yo pensar de esa manera.
Ante mi tono lleno de sarcasmo, David no pudo seguir diciendo nada.
Él sabía perfectamente cómo había respondido cada vez que lo cuestioné en el pasado.
Después de un rato, frustrado, se arrancó la corbata y la tiró sobre el sofá.
—Esmeralda, tú y yo no somos iguales.
—¿En qué no somos iguales? ¿En que yo agradezco sin