—Señor Costa…
Rita todavía quería seguir hablando, pero no le salieron más palabras apenas cruzó miradas con David.
No entendía por qué, si él ni siquiera era el verdadero hijo de la familia Costa y había crecido lejos de Blancheva, había veces que su presencia imponía mucho más que la del original.
Con solo una mirada te dejaba indefenso.
David se acercó a mí con pasos largos.
—¿Cómo está tu abuela?
No podía ponerle buena cara. Todo esto, en el fondo, era culpa suya.
David pareció darse cuenta