El pánico le secó la garganta a Samantha mientras observaba lo que sucedía: sus hijos caminaban decididos hacia el hombre al que tanto había amado y que ahora, odiaba.
Se llevó la mano a la boca, tratando de ahogar un grito.
—No… no… —musitó, con los ojos llenos de lágrimas.
Todo pasó frente a ella en segundos: los niños llegando hasta Javier, hablando con él, como si nada.
— Esto no puede estar sucediéndome —dijo, tragando saliva y tratando de recuperar la compostura—. No. No voy a permitir