Jamez fue el primero en acercarse, por supuesto.
Sentí su sombra invadirme como una amenaza antes siquiera de que hablara. Su presencia no me reconfortaba… me enfermaba.
Su voz se deslizó cerca, con ese tono meloso que me helaba la piel.
—Vamos, Danika —susurró, como si le importara. Como si no disfrutara cada segundo de mi humillación.
Sus manos tocaron mis brazos sin permiso, intentando levantarme.
Pero no había ternura en su gesto. Solo una posesión silenciosa.
Como si mi dolor le pertenecie