Cansada del ajetreo asfixiante de la ceremonia, Kate dejó que su cabeza descansara sobre el respaldo mullido del sofá.
El mundo a su alrededor parecía desdibujarse, quizás por el agotamiento físico de una jornada que se sintió eterna, o por las copas de champaña que habían burbujeado en su sistema durante toda la noche.
—Kate, ¿estás bien? —preguntó Alexander.
Su voz era una mezcla de cortesía y posesión. Tomó su mano con una suavidad calculada y se sentó a su lado, hundiendo apenas el c