—Mucho gusto, Kate —saludaron los asistentes casi al unísono, una polifonía de voces ejecutivas que retumbó en las paredes de cristal de la sala de juntas.
Kate respondió con una sonrisa breve, rígida y cargada de un nerviosismo eléctrico que amenazaba con traicionarla. Sus labios temblaron apenas un milímetro antes de articular palabra.
—Mucho gusto —logró decir.
Su voz salió baja, entrecortada, perdiéndose en el murmullo de la sala . Fue incapaz de sostener la mirada de ninguno de lo