Entonces, de pronto, apareció Mariana. Venía del brazo de Louis, quien la conduciría hasta el altar para entregarla. Avanzaba con una lentitud casi ceremonial, envuelta en un vestido de seda bordado a mano cuyos hilos brillaban con sutileza bajo la luz, poseedora de una elegancia que rozaba lo irreal. El diseño, obra de uno de los modistos más exclusivos de Londres, parecía calculado en cada milímetro para deslumbrar: los bordados finos, el volumen impecable y la caída perfecta de la tela, que