Capítulo 2: La boda no se cancela

SABINA SARTORI

Evitando que los enemigos se aburrieran de dramas innecesarios, tomé el arma de mi captor, esa que descansaba aún en su funda, colgando de su cintura. Con el pulgar quité el seguro y la levanté hacia su cabeza, jalando el gatillo cerca de mi oído.

La detonación me dejó sorda y a él sin cerebro.

Antes de que cayera abracé su torso, no tenía la fuerza suficiente para cargarlo, pero si para alentar su caída y disparar un par de veces más tomándolo como escudo, aprovechando el factor sorpresa y volándole la cabeza a sus compañeros.

Corrí y esquivé balas, ante la cara de sorpresa de Romeo y mi hermana.

Después de la última detonación, el silencio se volvió pesado.

Mis tacones causaron eco entre los cadáveres, mientras revisaba el arma en mi mano.

—Glock 17 —murmuré con calma—. Cargador de 17 balas, eso significa que aún me quedan dos.

Levanté el arma hacia ellos y apunté con media sonrisa.

—Descuiden, no las usaré en ustedes… sería un desperdicio. —Les guiñé un ojo antes de darles la espalda dispuesta a salir de ahí.

—¡Sabina! —exclamó Romeo, pero no retrocedí y no volteé. Para mí había dejado de existir.

¿Me dolía? Sí, bueno, tanto como un retortijón cuando te da diarrea.

***

—Sabina, llevaré a Aurora con el doctor, se siente mal, creo que tiene estrés postraumático —dijo Romeo asomado por la puerta del baño mientras yo limpiaba la sangre que escurría de mi oído.

—Bien —contesté con calma fingida, porque por dentro la rabia carcomía mis entrañas.

—Cuando regrese te llevaré a ti también para que te revisen el oído —agregó dando un paso hacia mí y estirando su mano para acariciar mi mejilla, pero lo detuve a mitad de camino con un manazo.

—No me toques, me das asco —dije indignada y regresé mi atención al espejo—. Prometí que si renacías te dejaría ser feliz con Aurora.

»Felicidades, para mí estás muerto así que…

—Sabina, nuestra boda está programada para dentro de unos días…

—La cancelaré o mejor aún, que sea Aurora la novia y todos felices. —Le ofrecí una sonrisa barata antes de salir del baño, chocando mi hombro con el suyo.

Inhaló tan fuerte que pude escuchar el aire entrando por su nariz.

—Sostengo lo que dije. Tengo un enamoramiento hacia Aurora, pero eso no significa que vaya a faltar a mi palabra —agregó con la frente en alto—. Lo que hay entre nosotros es sólido y no se disolverá con el tiempo, por el contrario, sé que mi amor por ti se volverá cada vez más fuerte.

—Yo no me voy a casar con un hombre que ama a otra mujer —sentencié sorprendida por lo absurdo de su argumento.

—Crecimos juntos, Sabina… —agregó plantándose frente a mí, con el ceño fruncido y los ojos llenos de lástima—. Nos enamoramos y una pasión pasajera no me va a apartar de ti.

Pellizcó mi mentón y se inclinó lentamente, intentando besarme, pero le puse la mano en la cara para apartarlo.

—Me das asco —susurré con rabia—. ¿Quieres estar con Aurora? Es toda tuya.

»Así que deja de joderme.

Apartó mi mano con rabia contenida y antes de que pudiera decir algo escuchamos el grito suplicante de mi hermana.

—¡Romeo! ¡¿Dónde estás?! ¡Me siento muy mal! ¡Por favor, no me dejes sola!

—Te llaman. —Sonreí no solo con el corazón roto, sino con el estómago revuelto.

—Esto no se quedará así —sentenció dando media vuelta, presuroso por estar con Aurora, y justo en la puerta de la habitación se giró para verme directo a los ojos—. La boda no se cancelará y tú serás la novia.

Le mostré el dedo medio antes de que desapareciera del umbral y fuera reemplazado por una de mis sirvientas más cercanas.

—¿Problemas en el paraíso? —preguntó con esa maldita sonrisa.

—¿Qué quieres? —solté fastidiada antes de darle la espalda y sentarme ante el tocador.

—Tu tío está en el recibidor. Quiere habla contigo. ¿Le digo que estás indispuesta?

—Hazlo pasar… —contesté con la mirada fija en mi reflejo.

Tal vez ya era momento de escuchar otras ofertas.

***

—Dumort… —degusté el apellido. Me sabía amargo—. El traidor.

—Uno muy peligroso y con mucho poder —agregó mi tío apoyándose en el barandal, con su impecable traje blanco y sus ojos celestes fijos en el extenso jardín.

—Está en la cárcel. No creo que tenga mucho poder desde ahí. —Me crucé de brazos y sonreí de medio lado—. Los rumores dicen que es viejo y deforme, encima está acabado. ¿Por qué debería de casarme con un hombre así?

—Sí, está en la cárcel… pero pronto saldrá. —Giró hacia mí y me guiñó un ojo—, y cuando lo haga recuperará su poder en cuestión de días. Hizo enojar a muchos, pero otros lo siguen ciegamente porque es un líder que ha demostrado resultados.

»Es una apuesta segura, confía en mí —agregó con calma y recordé cada vez que visitamos el hipódromo y me decía a qué caballo apostar.

Nunca fallaba.

—Cásate con él y serás la dueña de Francia y gran parte de Italia. —Metió la mano en su bolsillo y sacó un pequeño caramelo envuelto en celofán violeta, dejándolo sobre la mesa, frente a mí—. Cásate con él y recuperar la organización de tu madre será cosa de niños.

»¿Me dirás que no quieres ver a tu padre hincado ante ti y a la bastarda de Aurora siendo arrastrada fuera de esta mansión?

El silencio se volvió profundo y se clavó en mi pecho, como si una roca de una tonelada me aplastara.

—Las visitas en la prisión son de 2 a 4… —murmuró pasando por mi lado, dejando su mano en mi hombro un par de segundos—. Sé que usarás el cerebro esta vez y no solo el corazón.

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