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Capítulo 4: Siempre hay que poner la otra mejilla

SABINA SARTORI

— Tú siempre has sido la princesa caprichosa de los Sartori y yo la pobre bastarda enferma que vive bajo tu sombra —soltó Aurora divertida, dándole vueltas al jarrón entre sus manos.

»Podrías intentar ser buena conmigo y tal vez evite que Romeo te castigue encerrándote en el sótano cuando por fin estén casados.

—No me digas… —murmuré conteniendo mi rabia.

—¿Quieres que te demuestre una vez más que siempre me va a escoger a mí? ¿Aún no te has cansado? —Sus ojos brillaron y de pronto comenzó a apretar el florero entre sus manos hasta que el cristal crujió—. ¡Por favor! ¡Te juro que no me entrometeré más! ¡Solo quería ser parte de esto…!

»¡No, Sabina! ¡Me lástimas! ¡Duele! —Entonces el florero terminó de romperse entre sus manos.

Aurora cayó al piso junto con los pedazos de vidrio y las flores, mientras yo retrocedía sorprendida.

—¡Aurora! —exclamó Romeo corriendo hacia ella, sosteniendo sus manos. Tenía pequeñas cortadas, pero ninguna lo suficientemente profunda como para provocar un sangrado importante.

—Lo siento, todo es mi culpa —murmuró antes de pegar su rostro al pecho de Romeo—. Perdón.

La perra era buena manipuladora.

—Sabina… ya no sé cómo hacerte entender —siseó Romeo poniéndose de pie frente a mí—. Te amo, te lo he dicho miles de veces, te he dicho que eres mi lugar seguro, la mujer con la que quiero envejecer, pero no puedo permitir que sigas siendo tan cruel con tu propia hermana.

»¡Ya basta! —exclamó perdiendo la compostura—. Sujétenla.

Entonces un par de sus hombres me tomaron por los brazos con firmeza.

—¿Qué crees que haces? —pregunté entornando la mirada, con voz demandante.

—Enseñándote a respetar a Aurora —sentenció con la frente en alto—. Tienes que escarmentar.

Ante mi sorpresa, Romeo tomó un fragmento de vidrio del piso y se acercó.

—Extiendan sus manos —dio la orden y por un breve instante sus hombres dudaron, porque sabían muy bien quien era yo.

—Romeo, no tienes que hacer esto —intervino Aurora con los ojos llenos de lágrimas y temblando, pero en el fondo la muy perra estaba satisfecha. Había dejado claro el punto.

—No, no, no… es entendible —dije con calma y me zafé del agarre para yo misma extender las manos hacia él—. Vamos, cobra tu venganza, «héroe».

»Castiga a tu futura esposa frente a todos por defender a tu cuñada.

—No se trata de defenderla —murmuró con rencor. No le gustaba que lo confrontara frente a todos—. Tienes que ser más humilde de corazón, sino yo mismo te lo arrancaré.

—Si eso es lo que quieres, si deseas con todas tus fuerzas lastimarme, entonces hazlo. —Le dediqué una sonrisa y no aparté mi mirada de él, ni siquiera cuando comenzó a cortar mi carne.

No lloré.

No gesticulé.

Me dolía, pero más me dolían las ganas de patearle las pelotas y no poder hacerlo.

—Espero que con esto sea suficiente para que dejes de joderle la vida a Aurora —sentenció Romeo dejando caer el vidrio al piso.

—¿Satisfecho? —pregunté con una sonrisa mientras mi sangre goteaba. Tenía ganas de llorar, porque no solo había cortado mis palmas, sino también mi corazón, pero no le daría el gusto a ninguno de los dos de verme débil—. Dame una bofetada.

—¿Qué…? —preguntó escéptico, retrocediendo.

—Sí, una bofetada… —Puse la mejilla, señalando con mi índice donde podía golpear—. Anda, hazlo o… ¿no tienes pelotas?

Sus hombres se removieron inquietos, igual que él y su orgullo.

Con las mandíbulas tensas, me abofeteó, torciéndome el rostro.

Sonreí mientras mi piel escocía. Inhalé profundamente y regresé mi atención hacia él, poniendo la otra mejilla.

—No fue suficiente, vamos, dame otra —pedí señalando el otro lado de mi rostro—. Anda, dame una buena lección…

—Sabina, basta —siseó Romeo desconcertado igual que mi hermana—. No sé a dónde quieres llegar, pero…

—¿Ya se te acabó el valor? —pregunté divertida—. No me sorprende. Eres un tibio, un cobarde, poco hombre…

No terminé de hablar cuando volvió a abofetearme, torciéndome el rostro hacia el otro lado.

Asentí, con una sonrisa satisfecha.

—Pareces muy cómodo usando las manos conmigo… —murmuré frotándome la mejilla mientras él lucía arrepentido.

—Sabina… perdón… yo… —Intentó acercarse, pero lo aparté, dejando el camino libre hacia Aurora.

—Mi turno. —Me acerqué a mi hermana con una sonrisa llena de gozo.

¡Esto lo iba a disfrutar tanto!

—¿Sabina? —preguntó Romeo sorprendido y al mismo tiempo entendiendo lo que había provocado.

Tomé a Aurora por el cuello de su blusa y le di la primera bofetada tan fuerte que incluso mi palma herida cosquilleó.

—¡No! ¡Sabina! ¡Detente! —gritó Aurora lloriqueando, con el rostro manchado con mi sangre.

—Agradécele a Romeo, estás fueron patrocinadas por él —murmuré saboreando cada palabra antes de darle la segunda bofetada y casi noquearla—. Lo siento, tengo la mano algo pesada.

Antes de caer Romeo la sostuvo con delicadeza y me dedicó una mirada llena de rabia.

—¡Eres una necia, terca! ¡Tu orgullo está acabando con el amor que te tengo! —gritó furioso mientras estrechaba de manera protectora a Aurora.

—Ay, ay… ¡ya! ¡A llorar a otra parte! —exclamé con fastidio, torciendo los ojos.

Vi mi reloj y sonreí.

—¡Me voy! Tengo cosas más importantes que hacer —solté guiñándole un ojo y dando media vuelta.

—¡Sabina! ¡¿A dónde crees que vas?! —gritó a mis espaldas—. Tenemos que arreglar esto.

Cuando pisé la acera me sentí más liviana y al mismo tiempo era como si me hubieran abierto el pecho con un hacha.

Escuché los pasos de Romeo acercarse justo en el momento que una limosina negra se detuvo frente a mí.

Sin dudarlo, me metí, dejándolo plantado en la acera, viendo cómo me iba.

—Te ves fatal —sentenció mi tío horrorizado.

—A decir verdad, me siento maravillosa —respondí con una sonrisa y la mirada fija en el retrovisor, viendo como la imagen de Romeo se hacía cada vez más lejana.

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