Mundo ficciónIniciar sesión
SABINA SARTORI
—Sabina… —murmuró Romeo mientras nos escondíamos detrás de la barra de la cocina. Las balas caían como una lluvia sin misericordia, pero mi corazón latía con calma, a su lado siempre me sentía tranquila—. Tengo que ir por Aurora, tengo que salvarla.
—¡¿Cómo…?!
Aurora era mi hermana.
Estaba escondida en el cuarto de seguridad. Era la única que tenía buen pronóstico de salir viva de esto y… ¿Romeo quería ir a salvarla?
Pasé del escepticismo a la indignación.
—Pero… —murmuré entornando los ojos—. Vienen por mí, no por ella, y aun así dejé que se escondiera en el lugar más seguro de la casa. ¡Ni una bomba atómica podría abrir ese cuarto!
—Déjame ir. Déjame protegerla. Prometo regresar de inmediato y sacar a ambas de aquí. —Tomó mi mano y sus ojos irradiaban confianza—. Sabina, si salimos vivos de esto, seguiremos con los planes de la boda y seré el esposo más fiel y devoto del jodido mundo.
¡A ver! Si quería casarse conmigo, eso era parte de sus obligaciones como mi marido, ¿no?
¡Estúpido!
¡Ese es tu trabajo!
—Pero si muero, si la vida me da la oportunidad de renacer… de volver sobre mis pasos, prométeme que esta vez me dejarás ser feliz con ella —suplicó como si lo que me pedía fuera honorable y no me estuviera rompiendo el corazón, aunque en realidad la sensación se concentraba en mi estómago.
Pensé que esa clase de desilusiones se sentirían más como un infarto y no como indigestión.
—Ella es a quien siempre he amado… —Bajó el rostro apenado y cerró los ojos con fuerza, como si admitirlo doliera—. Lo siento Sabina. Siempre ha sido así. Tenías que saberlo.
Retiré mi mano de la suya y suspiré profundamente, desviando la mirada de él.
—Anda, ve por ella —dije con calma, mientras intentaba entender cómo me sentía. No era tristeza, no era dolor, era algo diferente… ¿indignación? ¿Frustración?
—Sabina… gracias. —Posó su mano en mi mejilla, pero me la sacudí con asco.
—Sí, como sea… —murmuré con un suspiro. Mi desaire no evitó que saliera corriendo en busca de Aurora, dejándome sola y rodeada de enemigos.
Qué horrible era darse cuenta de que siempre fuiste la segunda opción.
Los disparos cesaron y escuché pasos acercándose.
¡Claro!
Yo era la princesita. La pobre dama en apuros que se había quedado sin su caballero de brillante armadura, y ellos lo sabían.
El cañón de un M16 se apoyó en mi sien, empujando suavemente mi cabeza.
—Levántate… —siseó el hombre con el rostro cubierto y traje táctico negro.
Alcé ambas manos y me puse de pie.
—Buenas tardes, caballero —saludé con media sonrisa mientras veía al resto de sus hombres acomodarse a su lado—. ¿Trabajando duro o durando en el trabajo?
Solté una carcajada que nadie más compartió. Supuse que no tenían sentido del humor.
—Vendrás con nosotros por las buenas o por las malas —sentenció el hombre tomándome del brazo.
—No lo sé, en este punto no me molestaría una bala en la cabeza —contesté encogiéndome de hombros.
—¡Sabina! —escuché a mi hermana gritar mi nombre y solo pude torcer los ojos con fastidio.
—¿Qué quieres? ¿No ves que estoy haciendo nuevos amigos? —pregunté indignada cuando volteé hacia ella.
La escena era enternecedora. Aurora estaba escondida detrás de Romeo, aferrada a su brazo, fingiendo horror cuando en el fondo podía apostar a que disfrutaba la situación.
—¡Suéltenla! —gritó Romeo levantando su arma hacia ellos, como si tuviera oportunidad con su pistola .22 frente a un grupo de M16—. Sabina… no tengas miedo, te salvaré.
—Ridículo —resoplé y negué con la cabeza mientras recargaba la espalda en el pecho de mi captor. Todos se desconcertaron por mi comportamiento, pero esa era yo, la real, no la que fingía ser lo que no era para ganarse el amor de un hombre que nunca la iba a respetar—. La mansión donde vives, el auto que conduces, los hombres que diriges…
—¿Qué haces? —preguntó Romeo confundido, sin dejar de apuntar.
—Enlisto todo lo que te he regalado… —contesté con un suspiro—. Cada paso que has dado, cada escalón que has subido es gracias a mí, pedazo de m****a ingrato.
Frunció el ceño de manera adorable y negó con la cabeza.
—Mientes… estás diciendo esto para lastimarme. ¿Es porque escogí ir por Aurora? Te prometí que…
—Yo no tuve que prometer nada en voz alta… yo simplemente actué. Te di todo. Te apoyé y tú, como la rata asquerosa que eres, me despreciaste, elegiste a mi hermana en vez de a mí —mi voz salió fría y sin sentimientos, aunque por dentro me quemaba las entrañas—. Ella no te dio nada salvo problemas y, aun así, la escogiste.
No me pasó desapercibida la sonrisa afilada de Aurora.
¡Estaba orgullosa la maldita!
—Ella me necesita —sentenció Romeo molesto, bajando un poco el cañón—. Sabes que está enferma.
—¡Pero de la cabeza! Te usó como su juguete… y tú, ¡encantado con volverte su perrito faldero! —exclamé divertida y negué con la cabeza—. Yo nunca te necesité y te lo voy a demostrar.







