Capítulo 5: El sabor de una mujer

SABINA SARTORI

—Debes de conseguir que Travis Dumort acepte el compromiso hoy —murmuró mi tío mientras terminaba de vendarme las manos, pero la sangre traspasaba las capas de tela, por suerte no había dañado los tendones.

—¿Consejos? —inquirí comenzando a sentirme nerviosa.

—Usa tus encantos femeninos —contestó, pero al verme con más atención pareció arrepentirse—. Haz lo mejor que puedas.

—¡Gracias! —exclamé indignada y negué con la cabeza.

Entonces la melancolía opacó el rostro de mi tío.

Era mayor que yo apenas por nueve años, pero en ese momento parecía más viejo.

—Escuché que tu padre está buscando a un hombre poderoso para ser el esposo de Aurora —murmuró con rencor—. ¿Entiendes lo que eso significa?

Apreté los labios y bajé la mirada.

—Tú eres la única en esa casa que porta la sangre de un Sartori y no solo el apellido, pero si Aurora se alía con un hombre poderoso, tú serás quien salga con los pies por delante, y no solo eso. —Apoyó su dedo índice debajo de mi mentón, obligándome a verlo a los ojos—. Tu padre será capaz de meter a su amante, la madre de Aurora, y proclamarla como dueña y señora de todo lo que tu madre fundó.

»Eres la última Sartori —murmuró mi tío posando su mano en mi hombro—. Tienes que defender tu lugar con un aliado más fuerte e intimidante que el idiota de Romeo, que claramente se pondrá del lado de Aurora sin pensar.

—Dumort… —susurré su nombre como si fuera una maldición y mi tío solo asintió.

—¿Señorita Sartori? —preguntó el oficial de la penitenciaría—. Por aquí.

Me separé de mi tío con miedo, pues sabía que Dumort no era cualquier hombre. Hablaban de él como quien habla de una leyenda para asustar niños, solo que a quien en verdad asustaba era a los sicarios y criminales más peligrosos.

Caminamos un par de minutos hasta que llegamos al área de alta seguridad. Una zona aislada y tétrica.

—No se acerque a la línea amarilla, es por seguridad, ¿entendido? —preguntó señalándome el largo, oscuro y húmedo pasillo que se extendía ante nosotros.

—¿No me va a acompañar? —inquirí tragando saliva, pero me respondió con una carcajada sonora y me dejó sola, regresó a la cabina y presionó el botón que hizo vibrar el sistema de seguridad, haciendo que la reja por la que habíamos entrado se cerrara con un estruendo.

—Si no regresa en diez minutos, entonces… mandaremos a alguien —contestó como si eso pudiera consolarme.

«¡Puta madre!», fue lo único que pude pensar cuando me di cuenta de que estaba sola.

—Bueno… ¿Quién dijo miedo? —me pregunté a mí misma antes de girar sobre mis talones y ver la infinidad del pasillo—. Yo.

Caminé el primer tercio del pasillo con seguridad, el segundo con cautela y el tercero contra mi voluntad.

Era la última celda, la más aislada y oscura.

—¿Hola? —pregunté y me estremeció como mi voz causó eco de regreso—. ¿Señor Dumort?

Agudicé mi mirada para poder ver en la oscuridad, pero fue inútil, era demasiado densa. Me acerqué un poco más y la curiosidad me volvió vulnerable.

Por fin las luces se encendieron dentro de la celda, encontrándome con él del otro lado de los barrotes, tan cerca que entendí que había rebasado la línea amarilla. Cuando intenté retroceder su mano me tomó por el cuello.

No me estranguló, pero si me sujetó con la fuerza suficiente para que no pudiera escapar.

Me sacaba una cabeza de altura y era corpulento. No había desperdiciado el tiempo encerrado, su masa muscular no decepcionaba. Sus cabellos negros llegaban hasta sus hombros y algunos se escurrían por su rostro. Tenía una barba abundante, pero no era suficiente para esconder las cicatrices de su cara, producto de batallas sanguinarias, la muestra de que sobrevivió a infiernos peores de los que jamás he escuchado, y aun así conservaba la belleza varonil que un día tuvo.

Se inclinó lo suficiente, apoyando su frente en los fríos barrotes, y sus ojos grises parecían curiosos y también amenazantes.

Su mano libre se deslizó por mis cabellos, sujetándome con firmeza, pegando mi rostro aún más a los barrotes y sin previo aviso me arrancó un beso violento y salvaje, hambriento. Sus labios se movían con desesperación sobre los míos hasta asfixiarme.

Gimoteé contra su boca mientras mis manos golpeaban su pecho sin lograr moverlo ni un milímetro, hasta que tuve oportunidad y mordí su labio con tanta saña que lo hice sangrar, pero el dolor solo lo hizo sonreír contra mi boca.

—Así sabe una buena mujer, como un buen licor. Debe de arder mientras bebes de ella, hasta quemarte el corazón —su voz era ronca y profunda, cargada de algo salvaje que me hizo temblar.

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