Capítulo 3: Quédatelo, es todo tuyo

SABINA SARTORI

—La flor de Kadapul es una joya, solo florece de noche y muere antes del amanecer. Son costosas, pero hermosas. Creo que serían perfectas para la boda —dijo la florista con esa sonrisa perfecta y ensayada mientras yo caminaba entre los arreglos de muestra.

Las flores eran de las pocas cosas que faltaban y yo no entendía que hacía ahí si ya no deseaba casarme.

Bueno… tal vez si lo sabía, pero me daba vergüenza admitirlo.

Podía odiar a Romeo, pero todavía había una parte de mí que lo seguía amando.

Mi teléfono vibró, me había mandado la foto de un hermoso collar con un zafiro que brillaba como una estrella, acompañado de un: «ya casi llego», y sí, como una estúpida sonreí.

Su Maybach negro se estacionó fuera del local, reconocía muy bien el motor, pero cuando la campanita de la puerta sonó me di cuenta de que no venía solo.

—¡Es hermoso! —exclamó Aurora con una sonrisa mientras sus dedos acariciaban el maldito collar que yo creí que era mío—. ¡Sabina! ¡Por fin llegamos!

Trotó hacia mí con una sonrisa. Porque siempre estaba involucrada en cada detalle de la boda. Era mi día especial y sin embargo todo estaba organizado de la manera que ella quería.

—Lindo collar —dije con calma mientras veía el zafiro brillando en su cuello. Entonces ella lo cubrió con ambas manos y retrocedió.

—Aurora solo quería usarlo un rato, es tu hermana así que me imagino que no te importará —intervino Romeo, siempre preocupándose por ella.

—De inmediato me lo quito —soltó Aurora, pero sus manos aparentemente torpes no daban con el broche.

—Te queda mejor a ti, quédatelo —respondí antes de darle la espalda a ambos y seguir mi camino por las flores.

—Sabina… —murmuró Romeo alcanzándome—. Relájate, es tuyo. Solo quiso usarlo por un momento, pero te pertenece.

—Ajá… como tú, ¿verdad? —solté divertida, pero en el fondo estaba furiosa—. Solo te quiere usar por un momento, pero… ¿adivina qué? No me gusta que usen lo que es mío, y si lo usan, prefiero que se lo queden, porque a mí ya no me sirve.

Nos quedamos viendo fijamente por largos segundos, mientras que a Aurora se le llenaban los ojos de lágrimas.

—Sabina… perdón —murmuró agachando la mirada y extendiéndome el collar—. No quise hacerte molestar. Ten, prometo no volver a tomarlo.

Extendió la joya. En cuanto la tomé se sentía tibia.

—Date la vuelta, te lo pondré —dijo Romeo fingiendo que mis palabras no lo habían molestado.

Vi la piedra con fastidio antes de soltar un suspiro y dejarla caer al piso.

—No lo quiero —agregué con apatía rompiéndolo bajo mi bota.

Aurora, como la dramática empedernida que era, se tiró al piso y trató de juntar los pedazos con desesperación.

—¡No! ¿Por qué lo hiciste? ¡Te lo compró Romeo con mucho amor! —exclamó pegando lo que quedaba del collar a su pecho—. ¿Es por mí? ¡Perdónalo! ¡Es mi culpa no de él!

Torcí los ojos con fastidio antes de soltar un bufido.

—Levántate del piso o te pisaré como al collar —sentencié con molestia y Romeo se me adelantó, tomando gentilmente a Aurora y levantándola.

—Tranquila… no es para tanto —murmuró posando su mano en la mejilla de mi hermana—. Si a Sabina no le gusta, entonces le compraré uno mejor. Es más… le compraré la tienda entera para que escoja lo que más le guste.

Sus ojos se clavaron en mí, buscando una reacción y consiguiendo solo un bostezo.

—Sabina se casará con un buen hombre —agregó Aurora, pegando su frente al pecho de Romeo—. Espero tener la misma suerte un día.

Me froté las sienes. Estaba perdiendo la paciencia o más bien la resistencia para sostener esa máscara de apatía cuando en realidad quería gritar y llorar.

—Señorita, ¿qué flores ha escogido mi prometida? —preguntó Romeo acercándose a la encargada que parecía confundida.

—Ah… bueno, le he mostrado muchas, pero noté cierta inclinación por los lirios blancos —respondió con una sonrisa nerviosa.

—Bien, entonces serán lirios —contestó Romeo.

—Pero… los lirios son muy sencillos —intervino Aurora frunciendo el ceño con asco.

—Es el día de Sabina y si quiere esas flores entonces las tendrá. —Romeo me vio directo a los ojos, seguro de su decisión.

—¡Mira! ¡Qué bonitas! —exclamó Aurora acercándose a otras flores.

—Orquídeas Shenzhen, hechas en laboratorio. Tardan cinco años en crecer y se venden por subasta. El costo ha llegado hasta 200,000 dólares —dijo la florista con orgullo, como si ella las criara.

—¡Son hermosas! ¡Tienen que ser estas! —exclamó Aurora con emoción.

—Sí, son muy bellas y elegantes —contestó Romeo, como siempre apoyándola a ella—. Podrían mezclarse con los lirios. Así ambas estarán felices.

Ahí estaba de nuevo, cediendo.

—¡Sí! Un equilibrio perfecto. ¿Qué te parece, Sabina? —preguntó Aurora con emoción, pero podía leer a través de su gesto inocente. Estaba feliz de ganarme una vez más.

—Como sea. —Me encogí de hombros y les volví a dar la espalda.

—Bien… lo pagaré de inmediato —dijo Romeo, alejándose con la florista que parecía sentir la tensión dentro de su tienda.

—Sabina… —murmuró Aurora, acercándose a mí cuando por fin estuvimos solas—. ¿Dejarías de ser tan infantil? Tus constantes berrinches solo atraen más a mí a Romeo. Tú eres quién me lo está entregando en bandeja de planta.

—Quédatelo, es todo tuyo —contesté con una sonrisa tensa.

Aurora me observó con atención, dudando si hablaba en serio.

—Él me ama… pero le cuesta dejar la rutina. —Se encogió de hombros y soltó un suspiro—. Papá está buscando un hombre para mí. Quiere asegurarse que después de tu boda yo no quede desamparada. Teme que te vuelvas un monstruo y con el poder de la familia de Romeo nos eches de la organización.

—El apellido que ambos usurparon es de mi madre —siseé con rencor—. Se merecen salir a patadas de la casa que ella construyó y del imperio que ella forjó.

—No te resultará tan fácil. —Soltó una risita que me taladró el hígado y tomó el arreglo floral que tenía enfrente.

El brillo en sus ojos me advertía que haría algo que a mí no me gustaría.

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