Lia había llegado hacía más de una hora y Giorgio aún no volvía. Después de que la rabia comenzara a disiparse, un sentimiento mucho peor empezó a instalarse lentamente en su pecho. El enojo ya no ocupaba todo el espacio; ahora era el miedo el que apretaba su corazón.
Conocía demasiado bien el mundo en el que vivían. Bastaba una llamada, una emboscada o una bala para que una persona desapareciera para siempre. Tomó el celular con intención de llamarlo, pero antes de marcar escuchó el sonido de u