Lia caminó lentamente por el pasillo de piedra. El eco de sus tacones resonaba con una calma que erizaba la piel. A cada lado, los hombres de Bellamonte permanecían inmóviles mientras ella avanzaba con las manos dentro de los bolsillos del abrigo negro. Paul caminaba a su lado observándola de reojo.
—¿Conseguiste una buena casa de seguridad, Paul?
—Sí, Donna. El señor De Filippi nos la facilitó. Sobre todo por el calabozo... está completamente equipado.
Mark levantó una ceja.
—¿A qué te refiere