Pasó toda la noche y Lia no se despegó ni un solo segundo del lado de Giorgio. Permanecía sentada junto a la cama sosteniendo su mano entre las suyas, acariciando lentamente sus dedos como si temiera que, al soltarlos, pudiera alejarse todavía más de ella.
De vez en cuando inclinaba el rostro para dejar un beso sobre sus nudillos, sobre su frente o sobre aquellos labios que tanto extrañaba sentir responder a los suyos. El sonido constante de los monitores era el único que rompía el silencio de