La noche había caído por completo sobre la villa. A través de los grandes ventanales podía verse el reflejo de la luna sobre las tranquilas aguas del lago, mientras el canto de los grillos envolvía la propiedad en una paz que ambos necesitaban desesperadamente.
Giorgio seguía sentado junto a la cama de Lia. No tenía ninguna prisa por marcharse. Desde que la había llevado hasta aquella casa, permanecía pendiente de cada uno de sus movimientos, como si apartar la mirada de ella pudiera volver a p