La lluvia caía suave sobre los ventanales del ala este del palacio. El jardín lucía más verde que nunca, y entre las hojas mojadas, los rayos de sol filtraban destellos dorados que parecían acariciar la tierra como si supieran que, por primera vez en años, algo bueno estaba a punto de florecer.
Alejandro no había dormido. La noche lo había dejado exhausto, pero la ira había cedido espacio al vacío. Y dentro de ese vacío, algo se había quebrado... o tal vez, se había abierto. Se había pasado hor