Sabrina me mira sentada desde el borde de su cama.
Su reflejo claro y pensativo, mientras me observa con los brazos cruzados y su rostro ligeramente ladeado, me está poniendo de los nervios.
Dejó la barra del labial sobre el buró, atuso mi cabello corto, que está justo a pocos centímetros de mis hombros, y me paso la mano por la tela del vestido azul marino ajustado con escote asimétrico.
—¿Qué tal? — pregunto, volviéndome sobre mis tacones de infarto.
—¿Te digo la verdad o miento?
Blanqueo