Cuando bajo del taxi frente a la casa de mi hermano, una hora después, Natalia sale a recibirme con una sonrisa amable, antes de pagar la carrera y tirar de mi brazo hasta el interior de su preciosa casa de condominio.
Huele a comida casera y se escucha la preciosa voz de Ella Fitzgerald a través de los altavoces, a un volumen moderado.
Llegué aquí solo por inercia y, tal vez, un poco consciente de que para entrar a mi apartamento necesitaría llaves, que no tengo ahora conmigo. Solo traigo mi