Capítulo 56. El Santuario de los Muertos
El estruendo de una botella de cristal rompiéndose contra la pared fue el único aviso del inicio de la tormenta. Los fragmentos saltaron como diamantes sucios bajo la luz amarillenta de la bombilla desnuda. Isabel se encogió en el rincón del sofá, cubriéndose la cara con los brazos, mientras el olor dulzón y penetrante del whisky barato inundaba la pequeña y asfixiante sala donde Silas la mantenía oculta del mundo.
—¡Mírate! —rugió Silas. Se tambaleó hacia ella, arrastrando los pies, con los oj