C APÍTULO 31. CASA MADRE
Entré a la casa madre.
Por dentro era mucho más pintoresca de lo que había imaginado. La sobriedad del exterior desaparecía por completo: colores cálidos, detalles cuidados, el aroma tenue de hierbas y madera… todo se sentía extrañamente acogedor.
Apenas di unos pasos cuando una mujer se acercó a mí. Tenía rasgos maduros y una sonrisa cálida que, de inmediato, logró relajar un poco la tensión que aún llevaba encima.
—Hola, Tessa. Bienvenida —dijo con amabilidad—. El Alfa me pidió que estuviera