El aire tibio de la noche entrante acariciaba el rostro de Thomas, mientras conducía por el camino de tierra rumbo a su sitio en el río. A cada metro recorrido, las voces del día —el estruendo de la sala de audiencias, las provocaciones de Gabriel, las miradas inquisitivas— se iban apagando, reemplazadas por el sonido sereno del río y el crujir de las hojas bajo las ruedas de su camioneta.
Al doblar en una esquina, la vio. Allí estaba ella, de pie frente al río, apoyada contra el capó de su aut