Empezó con una dulce tortura, restregando su polla en mis labios menores una y otra vez. Cuando tocó mi clítoris gemí de inmediato, estaba muy sensible.
—Por favor —rogué, no aguantando más.
—¿Qué quieres mi dulce bella?
—A ti… dentro de mí, llevándome a tu maldito infierno.
Lo miré por encima de mi hombro, y en sus ojos encontré una intensidad que me dejó sin aliento. Era como si su mirada ardiera con un fuego insaciable que amenazaba con consumirme por completo. A pesar de la sensación de pel