Tentación Insaciable.
Tentación Insaciable.
Por: Elena
Capítulo 1.

Yuna 

Mi hermana desapareció la noche antes de su boda. Y mi familia decidió que yo ocuparía su lugar.

Era mi hermana y aun así había escapado dejándome a mí para pagar el precio. Quien debía protegerme, me estaba echando a la boca de los lobos, peor que eso. Entrar a la boca de los lobos no sonaba tan terrible considerando que me estaban obligando a casarme con Lin Tianyu. Me imaginaba sus colmillos, su sombra acechándome, y el frío me recorría la columna. Prefería estar muerta.

—Me quiero morir —solté entre dientes. No quería que nadie me oyera, pero mi madre me miró con severidad. El pánico en sus ojos era un reflejo del mío.

—Ni se te ocurra decir eso frente a tu padre —alzó un dedo y me señaló con una advertencia silenciosa en la mirada.

Me pasé una mano por el cabello, que seguía enredado después de haberme despertado con los gritos de mi padre. El eco de sus insultos todavía flotaba en el aire del pasillo. No sabía quién se encontraba peor: mi madre, yo o mi padre, quien había perdido la cabeza al descubrir que Liyan no estaba en su habitación y que la mayoría de sus pertenencias también habían desaparecido. El vacío que dejó mi hermana se sentía como un agujero negro en medio de la casa.

—Pero es cierto —me senté en la cama, observé la habitación y todo parecía tan normal, como si en cualquier momento Liyan fuera a entrar por esa puerta y decir que todo había sido una broma y que sería ella quien se casara con Lin Tianyu y no yo. Me fijé en su tocador, todavía con algunos frascos de perfume que ella no se llevó, y el olor a rosas me dio náuseas.

No quería hacerlo, no quería casarme con Lin Tianyu. No lo conocía en persona, pero los rumores sobre él hablaban de hombres que desaparecían y de negocios que nadie se atrevía a mencionar en voz alta. Su nombre era un susurro de miedo en las cenas familiares.

—¿Por qué lo hizo? —pregunté a mi madre—. ¿Por qué me condenó a una vida así? ¿Por qué no me llevó con ella?

Tal vez no había tenido opción… o tal vez simplemente me había dejado atrás, usándome como un señuelo para ganar tiempo y huir más lejos.

—Yuna… —su voz salió neutra, no estaba molesta o triste, tampoco lo entendía—. No queríamos esto para ustedes —se acercó sentándose a mi lado. El colchón se hundió bajo su peso, pero se sentía como si hubiera kilómetros de distancia entre nosotras.

Mi madre no era la mejor demostrando sus sentimientos. Tampoco usaba las palabras correctas, pero siempre hacía lo que podía para hacerte sentir mejor, aunque a veces sus consuelos se sintieran como vendas sobre una herida demasiado profunda.

—Lo sé —la miré—. Y lo entiendo, juro que lo entiendo, pero… no es justo.

Mamá apretó mi mano y acepté ese gesto de inmediato, aunque no sabía si buscaba consolarme o despedirse. Sus dedos estaban helados.

—Lo sé, lo sé —dijo con sinceridad—. La vida no es justa, hija —palmeó mi mano. Mamá miró la puerta, como si esperara que en cualquier momento mi padre entrara con noticias de Liyan. Yo solo esperaba que estuviera bien… que nada malo le hubiera ocurrido, a pesar del odio que empezaba a crecer en mi pecho por haberme dejado sola.

—Este matrimonio significa una gran alianza entre los Lin y los Zhao —Apreté los labios, mordiéndome la lengua para no decir lo que realmente pensaba.

¿Una gran alianza para quién? Quise preguntar. No lo sería para Liyan ni para mí. Ese matrimonio solo iba a beneficiar a mi padre y a sus cuentas bancarias.

No pasó mucho tiempo para que mi padre entrara a la habitación con el rostro tenso. No necesitó decir nada. Liyan no había vuelto. No hubo delicadeza al empujar la puerta; el golpe contra el tope de madera resonó como un disparo. Se le veía molesto, muy molesto. La mirada, las grandes zancadas, la respiración y la manera en la que se movía, todo decía que estaba enojado por la decisión que Liyan tomó. El aire en el cuarto se volvió pesado, difícil de respirar.

—¿La encontraste?

Obvio no. Pero tuvo la delicadeza de ser suave con las palabras que dirigió a mi madre, aunque sus ojos seguían inyectados en sangre.

—Parece que la tierra se la tragó —jaló la silla del escritorio para tomar asiento. El chirrido del metal contra el suelo me hizo estremecer—. Buscamos en el aeropuerto y en las estaciones del tren, pero ella no está. Se fue. Tu hermana nos ha puesto en una situación muy peligrosa —dijo mi padre.

La mirada de ambos se dirigió a mí. Sentí el apretón de la mano de mi madre, pero eso no me hacía sentir menos nerviosa o que el miedo se pudiera disipar con un gesto o una palabra. Me sentía como una mercancía siendo evaluada bajo una luz fría.

Y entonces lo entendí. Si Liyan no regresaba yo ocuparía su lugar.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó mi madre con preocupación. Se la notaba nerviosa, con manos temblorosas que no paraban de retorcer su falda—. Este matrimonio está concretado desde hace años.

—Lo sé, lo sé, mujer —se puso de pie aventando la silla.

El golpe me hizo pegar un respingo, mi madre a mi lado no se inmutó; ella ya estaba acostumbrada a sus tormentas. Levantó la silla y se apoyó en el respaldo mirándome. Tenía esa mirada que dice mil cosas, pero ni una de ellas es buena. Era la mirada de un hombre que ya había tomado una decisión y no le importaba a quién tuviera que sacrificar.

—No podemos quedar mal con Lin, si lo hacemos estamos muertos. Renunciar a esa alianza no es opción.

Se escuchaba determinado. Nada ni nadie lo haría cambiar de opinión. Ni siquiera una señal del cielo o mis propias lágrimas.

—Conociendo al viejo Lin… —ni siquiera pudo terminar la frase. El pavor nubló sus ojos por un segundo.

El señor Lin era el jefe de la familia. Una familia muy importante en Shanghái, así como nosotros lo éramos en Hong Kong. Pero nuestro poder no era nada comparado con todo el que tenían los Lin. Ellos eran la marea que podía hundir nuestro barco en un parpadeo.

—Estamos muertos —añadió mi madre en tono tembloroso. Su voz vibró en el aire pesado de la habitación, cargada de una derrota que me caló hasta los huesos.

No lo conocía y temía lo que pudiera hacerle a mi familia por la decisión que había tomado Liyan. El nombre de Lin pesaba como una lápida sobre nosotros.

¿La odiaba? No podía hacerlo. La entendía porque si estuviera en su lugar hubiera hecho lo mismo o quizá no, tal vez me hubiera resignado a un matrimonio sin amor, pero… me encontraba en una disyuntiva. Por un lado entendía a mi hermana, el miedo que debió sentir para tomar esa decisión y los nervios por casarse con un hombre al que ni siquiera conocía. Sentía su pánico como si fuera el mío, recorriendo los pasillos de esta casa en mitad de la noche. No quería que regresara porque sería su condena, pero si no regresaba la mía sería casarme con el mismo diablo. El silencio que dejó su huida empezaba a asfixiarme.

—Yuna.

Levanté la mirada hacia mi padre. Se acercó con todo y silla, el sonido de las patas arrastrándose por el suelo fue como un chirrido que me erizó la piel. Se sentó frente a mí, invadiendo mi espacio, obligándome a ver la desesperación en sus ojos.

—¿Entiendes que sin tu hermana aquí estamos metidos en un gran dilema?

Apreté la mano de mi madre para sentir un poco de seguridad, buscando algo de calor en sus dedos que estaban igual de gélidos que los míos.

—Sí —mi voz tembló levemente, apenas un hilo de sonido que se perdió entre las cuatro paredes.

—Eres nuestra única esperanza —dijo él. Sus palabras cayeron sobre mis hombros con el peso del plomo.

Miré a mi madre. Su rostro era la viva imagen del miedo; tenía la piel pálida, los ojos fijos en la nada y los labios apretados. ¿Tanto le temían al señor Lin? El terror que emanaban mis padres era más real que cualquier rumor que hubiera escuchado antes.

—¿Qué puedo hacer yo para salvar a la familia? —pregunté cómo si la respuesta no fuera obvia.

Ya lo había pensado. Lo hice en el momento que descubrimos que Liyan se había ido, cuando vi su cama vacía y el armario abierto. Pero por alguna tonta razón me negué a creer que mis padres lo dirían, que se les iba a ocurrir otra idea para salir de ese problema. Tenía la esperanza de que hubiera una salida, un plan B, cualquier cosa que no me involucrara a mí. Por lo visto no fue así. El aire en el cuarto parecía estarse agotando.

—Deberás ocupar el lugar de tu hermana.

Tras decir aquellas palabras pasé saliva, amarga, pesada. Sentí el sabor metálico del miedo al fondo de la boca. Las manos me temblaron, después todo el cuerpo, un escalofrío violento que no podía controlar. Sentí el sudor frío recorrer el camino de mi columna, una gota lenta que me hacía estremecer. La garganta se me cerró y sentí como si una bola de algo se hubiera formado en medio, impidiéndome respirar.

—¿Qué? ¿Yo? —ni siquiera pude hablar bien. La voz me salía entrecortada, temblorosa, rota. El corazón me golpeaba las costillas con una fuerza que dolía—. No… —me mordí la lengua ante la mirada de mis padres, una mirada que no admitía réplicas ni llantos—. No sé si sea lo correcto.

—No lo es —dijo mi padre sin endulzar la situación, porque esto era de vida o muerte. Así de grave. Su voz era gélida, desprovista de cualquier consuelo paternal—. No es lo correcto, pero tampoco podemos decirle a Lin que tu hermana desapareció un día antes de la boda. ¿Qué crees que nos hará en el momento que su hijo se quede esperando en la iglesia?

La imagen de un altar vacío y la furia de los Lin cruzó mi mente como una pesadilla. Ni siquiera pude responder, fue mi madre quien lo hizo con un hilo de voz que apenas se distinguía del silencio.

—Nos va a matar frente a su familia y los invitados.

—Y eso sería poco para todo lo que nos va a hacer.

Me puse de pie de golpe, soltando las manos de mi madre, deshaciéndome de ese peso muerto que estaban cargando sobre mis hombros. No quería esa carga, pero tampoco quería perder a mis padres cuando ya sentía que había perdido a mi única hermana.

—No me van a creer —solté, caminando hacia la ventana con las piernas temblorosas. Necesitaba aire, quería pensar con claridad, pero sentía que las paredes se cerraban a mi alrededor, estrechando el espacio hasta dejarme sin oxígeno—. No son tontos. Me van a descubrir en cuanto me miren a los ojos.

—No lo harán —sentenció mi padre, y su voz sonó como el mazo de un juez—. Eres lista, inteligente y astuta. Más que todos ellos juntos.

En otro momento, me habrían dado la vida aquellas palabras; que mi padre reconociera mis talentos era lo que siempre había buscado. Pero no así. No de esta manera tan retorcida.

—Puedes hacerlo, Yu —habló mi madre. Usó ese diminutivo que tanto me gustaba escuchar, pero ahora sonaba a manipulación—. Puedes fingir ser Liyan. Solo tienes que casarte con Lin Tianyu, ser su esposa, fingir amor y darle hijos.

—Si no me mata antes —musité, sintiendo un escalofrío que me erizó la piel.

Miré hacia el jardín. Afuera, el mundo seguía siendo hermoso, ignorando mi tragedia. Los cerezos dejaban caer sus pétalos rosas como lágrimas sobre el césped, los arces rojos ardían cerca del sendero y el bambú se mecía con una paz que yo ya no tenía. Más allá, el estanque con los lotos y los peces koi parecía un refugio de cristal, con los rosales rojos y blancos bordeando el camino. Era una jaula preciosa, y yo estaba a punto de mudarme a una peor.

—No lo hará si finges bien —insistió mi madre, como si hablara de un papel en una obra de teatro y no de mi vida.

—¿Y después qué? —giré encarándolos, con el corazón acelerado—. ¿Voy a vivir toda una vida fingiendo ser mi hermana mayor? Yo no soy ella, somos muy diferentes. Liyan es luz, yo soy... otra cosa.

—Eso no lo sabe Lin Tianyu —intervino mi padre con frialdad—. Solo lo sabemos nosotros.

Una sonrisa amarga brotó de mi garganta, un sonido seco que dolió al salir. Mis ojos, cargados de lágrimas, me delataban. Intentaba hacerme la fuerte, ocultar que por dentro me estaba rompiendo en mil pedazos y que el miedo me hacía temblar de los pies a la cabeza. Me tragaría mis lágrimas; no les daría el gusto de verme quebrada.

—Una de las ventajas de que Liyan y Lin no se conozcan es esta; podemos usar ese vacío a nuestro favor.

Negué con la cabeza, llevando una mano a mi pecho. El dolor era físico, punzante. Era como si alguien me hubiera arrancado el corazón de un tirón y solo hubiera dejado un hueco sangrante.

—No, no... no puedo hacerlo.

El miedo se apoderó de mí en el momento en que mi padre se acercó a grandes zancadas. Se detuvo frente a mí, y la sombra que proyectaba me cubrió por completo. Su rostro había cambiado; su expresión era dura, gélida, revelando al hombre que era en realidad cuando los negocios estaban en juego. Me tomó de los hombros con una fuerza brusca, hundiendo los dedos en la fina tela de mi pijama hasta que sentí el dolor en la carne.

—No te estamos preguntando si quieres hacerlo —dijo con un tono despectivo, cruel—. Lo harás. Te vas a casar con Lin Tianyu porque es lo único que nos mantiene a salvo.

No había rastro de dulzura en su voz, ni en sus gestos. Todo en él era distancia y acero. En ese momento lo confirmé: nunca me trató como a Liyan. Siempre fui la hija de repuesto, la que estorbaba, la que solo servía si lograba parecerse a su hermana mayor.

Ahora me estaban condenando a un matrimonio sin amor, encadenada a un esposo que todos temían, encerrada en una jaula de oro que olía a incienso y a peligro.

No había vuelta atrás. El trato estaba sellado con mi silencio.

Me casaría con Lin Tianyu.

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