—De verdad deberías irte a casa con tus padres, Calista —dice él, con la voz temblorosa.
Carece por completo de la autoridad que proyecta desde el altar. No es ni de lejos suficiente para aplacar la lujuria que ahora mismo me recorre los nervios.
No respondo. Solo lo miro, dejando que el silencio se prolongue hasta que él pestañea primero.
Se aclara la garganta, mirando de reojo más allá de los bancos vacíos hacia las enormes puertas al fondo de la capilla.
—Aquí no —susurra, con los ojos oscur