Mis piernas se sienten temblorosas y mis pensamientos empeoran a medida que me acerco a la puerta y la abro con cuidado. Retrocedo en el instante en que él echa el cerrojo y da un paso al frente.
No se detiene. Paso a paso, va acortando la distancia y yo sigo retrocediendo hasta que la frialdad de la pared se presiona contra mi espalda, atrapándome allí.
Ahora solo me queda mirarlo.
Su rostro está rígido, endurecido por los años que ha pasado escuchando pecados y decidiendo qué hacer con ellos.