Padre Romanus
El estridente repicar del teléfono corta el aire de la habitación como una cuchilla.
Calista lo agarra, palideciendo. —Mi papá.
Me estremezco.
Por un latido, no soy un hombre de Dios. Soy un cobarde de pelo canoso de cincuenta y cinco años.
—Contesta —le siseo, con la voz quebrada.
Me apresuro a buscar mis pantalones.
Mis dedos, entumecidos por la edad y el repentino escalofrío de la realidad, se topan torpemente con la cremallera.
Miro el cuello clerical tirado en el suelo, esa t