Mundo de ficçãoIniciar sessãoA pesar de que mi pequeño Edward disfrutaba con Dante, para mí fue como caminar sobre vidrio. Su sonrisa, tan perfecta que a un kilómetro se notaba falsa. Por unos momentos pareció ser un padre encantador, pero bastaba que me mirara para saber que todo era una farsa.
Su modo tan actuado al hablar sobre las tortugas dejaba entrever que se había memorizado casi todos los panfletos del acuario para aparentar ser un buen padre. Mi hijo estaba encantado, tomando la mano de Dante hasta que llegamos a su auto. Yo me quedé en un segundo plano, incómoda, con la sensación de que mi hijo sería arrancado de mis manos. No podía permitirlo. James nos miró con ligera curiosidad, pero no pasó a más; solo nos ayudó a entrar al auto. Terminamos comprando una pizza que los cuatro comimos. Parecía un retrato pintado de una familia perfecta, sonriendo, sin ningún problema… hasta que nuestros ojos se encontraban. En ellos había un fuego difícil de comprender: quemaban y, al mismo tiempo, dolían. Era la sensación de que me tenía en sus redes sin que pudiera hacer mucho. —Papá, ¿me irás a buscar a la escuela? —preguntó Edward alegre—. Así le mostraré a Jonny, a Carlos, a Dominic… ¡y a Sofía! Ellos tienen papá y yo no, así que quiero decirles que tengo papá. Él respondió con una leve sonrisa en forma de media luna. —Claro, piccolo (pequeño), aunque no sé si tu madre quiera que pase a buscarte. Oh no, estaba lanzando esa bola. Edward me miró de una manera inocente, tierna, justa para desarmar a cualquiera. Con voz inocente dijo con ternura: —Mami, ¿mi papá no puede ir a buscarme a la escuela? Cuando intenté responder, él solo agregó: —Prometo que seré un niño más bueno si me dejas que papi me vaya a buscar a la escuela. Mi papi es divertido; quiero pasar más tiempo con mi papá. Un golpe en el corazón suficiente para hacerme dudar. Había luchado tantas batallas, pero nunca algo que tuviera que pelear contra Edward. Mantube una risa algo nerviosa; Dante lo notó, solo alzó una ceja y pude jurar que tenía ese rostro de “vamos, miéntela en la cara”. Tragaba la piedra en mi garganta que se había formado y, tras esto, solo agregué: —Cariño, tu padre debe estar muy ocupado para irte a buscar. —Para nada —interrumpió con un leve acento italiano—. Para mi hijo, siempre estaré disponible —tomó un pedazo de pizza con una macabra risa camuflada—. Incluso estoy tan disponible que me gustaría ponerte en un equipo de fútbol… claro, si te interesa. Aquello hizo que los ojos de Edward brillaran con diferentes emociones. Se levantó de la mesa y se dirigió a su padre, donde terminó abrazándolo, diciéndole qué le gustaría hacer y con qué amigos se encontraría. Sin quererlo, toda la escena me dejó en la lejanía, un segundo plano al que no quise ser arrastrada. Por unos momentos mi cuerpo se sintió bajo ataque: la idea de que pronto sería desplazada si lo dejaba. Sabía que el deseo de mi hijo era jugar fútbol, pero con el costo que pedían —más el uniforme— no podía costearlo, y los programas baratos o gratuitos estaban repletos. —No creo que Edward quiera jugar eso. Él no necesita verte mañana. —¿Ah no? —Dante ladeó la cabeza con tranquilidad hacia donde me encontraba. Aunque solo fueran unas palabras silenciosas, la emoción era la misma que tomar a mi hijo como un arma para herirnos. Se notaba que estaba dispuesto a lo que fuera para llevárselo, incluso a jugar sucio. Apreté mis manos en un puño mientras Edward, sin saber, acariciaba por debajo de la mesa mi mano. Dante tenía esos ojos divertidos, de los que saben que están manipulando a su manera para conseguir lo que desean. Sus ojos eran iguales: despiadados, sanguinarios, viles, capaces de hacer que todo se moviera a su favor. Todo se había vuelto un juego donde todos éramos simples piezas vacías. —Piccolo (pequeño), ¿quieres que tu padre te lleve a jugar fútbol? Prometo que te divertirás. La risa de mi pequeño fue suficiente para dejar claro que lo deseaba. Con el dolor de mi alma comencé a replantearme si la vida que llevábamos actualmente le gustaba. Teníamos donde vivir, comida en la mesa, pero siempre mantenía todo con un presupuesto tan reducido que evitaba comer demasiado para no gastar. Incluso, durante unos cuatro días me dediqué a solo tomar agua para poder sobrevivir y comprarle esos juguetes que deseaba para Navidad. Sí, había muchos regalos, pero para algunos lo que parecía un simple día de felicidad para mí era ver cómo llegaban poco a poco los cheques. Deje escapar una sonrisa amarga; todo sería mejor si hubiera podido encontrar un mejor trabajo, ¿no? Intentaba negarlo, pero él podía darle algunas cosas que yo no podía, aunque odiara admitirlo. Con fuerza acariciaba la palma de mi mano y levantaba el rostro con firmeza. No era una simple madre ni una tía; no, era una leona lista para acabar con quien fuera por mi hijo. —Señor Ferrari, aprecio mucho que quieras llevar a mi hijo a jugar fútbol, pero ya he hablado con él y sabe que debe esperar; su madre se lo dará —enfatizaba las palabras madre e hijo—, porque sí, mi hijo sabe que su mamá hará lo que sea por él, aunque le tome tiempo. Mi respuesta, aunque calmada, pareció incomodarlo. Lo noté moverse en su silla como si le quemara y, tras un largo momento en el que me analizaba, dejó escapar una leve sonrisa. Parecía que le mostraba algo que a él le gustaba: un reto. —Ya veo. ¿No crees que mi hijo le haría mejor practicar mañana? Edward miraba la situación sin entender cuál era el drama entre nosotros, sus dos padres: uno biológico y uno adoptivo. Se acercó a mí abrazándome con esa capacidad de calmar la tempestad del corazón de todos y dijo con voz infantil: —Mami, papi, no importa si no puedo ir mañana al fútbol… yo solo quiero que mi mami y mi papi sean felices y se quieran. Al escuchar esto, nuestros rostros se quebraron con fuerza como si fuera un dictado. James, que había estado mirando toda la escena, dejó escapar una sutil sonrisa; parecía divertirse y susurró con tranquilidad: —Señor Ferrari, me parece que a la madre de Edward le caes bien. Dante solo respondió con una mirada asesina capaz de cortarlo en pedacitos. Durante el resto de la cena no nos dirigimos la palabra ni nos miramos. Era la sensación de haber perdido la capacidad de hablar, respondiendo solo a Edward cuando hacía conversación. Terminamos dirigiéndonos a nuestra casa, donde Dante nos acompañó hasta la puerta. Abrazó a Edward con una ternura que no se sabía si era fingida o real y, tras esto, se despidió. Estaba a punto de cerrar la puerta cuando él me llamó. Me di la vuelta; su cuerpo se recortaba en la oscuridad de la noche, iluminado lentamente por la luz plateada de la luna. Sus ojos, feroces y astutos, me observaban. —Cara mia (querida), no deberías esforzarte mucho —mostró una media sonrisa de media luna—. No podrás conseguir trabajo, por lo que te propongo que te daré alimentos, dinero, todo lo que necesites; no quiero que mi hijo sufra. —Entonces, si no quieres que tu hijo sufra, deja de joderme la vida —crucé los brazos. Me sonrió, era el aire de quien se divierte. —Yo solo quiero hacer todo por lo legal —dijo, metiendo la mano en su bolsillo y sacando lo que parecía una tarjeta. A pesar de la noche, bajo la luz de la luna y de la casa, parecía un objeto lleno de luz. Bajé el rostro viendo que ese pequeño papel parecía algo milagroso, capaz de solucionar cualquier problema. Me mantuve seria, sin decir nada, mientras él agregó con calma: —Tómala; si me necesitas solo llámame y haré todo lo que esté a mi alcance. Dejé escapar una risa irónica negando con la cabeza. —De ti no necesitaré nada. Sus ojos se oscurecieron tanto que podían competir con el alquitrán. —Tú no necesitarás nada; mi hijo sí. Tómala —mantuvo su mano erguida con la tarjeta. Volví a reírme de manera sarcástica, acariciándome el cabello: —Edward no te necesitó cuando nació, ni ahora ni nunca. No vengas a ponerte la capa de superhéroe diciendo que amas a tu hijo; no lo haces. Yo sé que ocultas algo y solo quieres quitármelo —me di la vuelta—. Por mí, puedes morirte, porque sé que solo vienes a molestar nuestras vidas igual que molestas a mi hermana. No esperé respuesta; cerré la puerta con la intención de darme un cabezazo contra alguna pared para recordarme que no debía bajar la guardia. Mientras caminaba hacia la habitación de Edward para prepararlo para dormir, mi teléfono vibró con unos mensajes que pensé eran de Victoria, pero al leerlos mi cuerpo se heló: ***178232371***Obtuve tu número de recursos humanos antes de despedirte. ***178232371***Espero que cuando duermas pienses en mí, cara mia(preciosa), porque me aseguraré de aparecer hasta en tus sueños.Hola :D si te gusto no te olvides de comentar







