Mundo ficciónIniciar sesiónLa ira en mi cuerpo estaba a punto de explotar y lo malo era que no tenía nada que hacer para evitarlo… solo mi hijo. Mi rostro parecía una carta abierta a mi incomodidad y molestia. A pesar de llegar al acuario de Nueva York, el cual no había visitado desde niña, no era capaz de relajarme.
Dante, por otra parte, guiaba su silla hacia la entrada, siendo seguido por un muy emocionado Edward que le contaba qué animal quería ver. Mis pensamientos intrusivos de “matar” a Dante fueron interrumpidos por la risa de mi hijo. ¿Por qué parecía ser un padre amoroso cuando era uno que lo abandonó?… ¿No? Entramos al acuario que había sido alquilado para nosotros —típico gasto de una persona con dinero—, donde comenzamos primero con algunos peces de ríos. Poco a poco mi ira y mi rabia se disipaban al ver los animales. Majestuosos, listos para ser libres, pero atrapados en un lugar donde no podrían seguir, solo mantenerse en una jaula para la entretención de alguien. Nos dirigíamos a la parte de las medusas que formaban un tanque de tantos colores que era atrayente. Coloqué mis manos ahí, y por un mínimo segundo me sentía transportada. Olvidé que tenía deudas, falta de trabajo y vidas que dependían totalmente de mí. Los vi flotando a la nada, sensación que a muchos podría asustarles, pero para mí se sentía como una paz momentánea. —¿Te gustan las medusas? Lo observé por el rabillo de mis ojos; Dante parecía un magnífico espécimen que solo agradeció su belleza bajo la luz azulada de los tanques. Edward estaba a su lado corriendo de un tanque al otro, hablando emocionado sobre medusas que vio en su libro preferido de vida marina. —A ti qué te interesa si me gustan o no me gustan —retiraba la mano del tanque lanzando cada palabra con un veneno ácido—. Tú y yo no tenemos ningún tipo de vínculo. Sus ojos coloridos lanzaron un brillo diferente, desafiante, atrayente. La luz de los tanques lo oscurecía, pero no con algo que daba miedo, sino seducir, como el canto de una sirena que sabes te llevará a tu final. —Sí tenemos un vínculo —su voz se tornó gruesa—. Legalmente eres la madre de mi hijo, así que lo quieras o no, estamos atados figurativamente, ya que pienso luchar por mi hijo hasta el final. Una punzada en mi corazón palpitó levemente, no de encanto, sino de miedo. Comencé a buscar en mi cabeza todo lo que pudiera ayudarme a quedarme con Edward. Era una madre responsable, estaba bien cuidado… No teníamos mucho dinero, pero siempre tenía pan en la mesa… No había manera de que pudiera llevarlo. Dudé, tuve miedo y él lo notó. Dejó escapar una encantadora y peligrosa sonrisa capaz de helar el mismo infierno. Él sabía que estaba generando incertidumbre en mi corazón, a lo que con una calma letal dijo: —Tengo muy buenos abogados, cara mía (querida), así que hagámoslo lo más tranquilo posible —su tono sombrío de manera casi espectral—. Yo solo quiero a mi hijo que deliberadamente ocultaron de mí. —Le daba la vuelta a su silla con tranquilidad para quedar delante de mí. Entre nosotros se formó una burbuja donde todo parecía a segundo plano. Las risas de Edward se escuchaban lejanas. El sonido de los tanques desapareció. La luz se intensificó, pero la sensación de frío era abismal. —No te ocultaron un hijo que tú no querías —arrastré mi voz. —¿Quién te dijo que no lo quería? —dejó mostrar una sutil sonrisa de media luna—. ¿Tu hermana? Tú no sabes todo lo que pasó entre nosotros para sacar conjeturas, solo sabes su versión. Yo lucharé con uñas y dientes por mi hijo y, créeme, estoy dispuesto a hundir a quien sea por él. Pagaré los millones que sean necesarios, pero volverá conmigo en un mes a Italia. ¿Volver? ¿Italia? Los golpes de información comenzaron a pegarme con fuerza donde no supe ni siquiera cómo reaccionar. Era imposible que él me quitara a mi hijo, ¿no? La adopción estaba terminada… pero aun así, mientras revisaban el caso, le dieron visitas supervisadas… ¿Por qué? —No podrías obtener todo esto en un mes. —Claro que podré —dijo con voz fría—; el dinero resuelve todo. Moveré todo lo que tengo para hacer el proceso rápido y limpio, no mucho ruido, ¿comprendes? Tragaba en seco la piedra imaginaria que se formó. En ese momento tenía la sensación de estar siendo arrastrada a los tanques donde estaban las criaturas marinas donde me faltaba la respiración. —No podrás hacerlo —dije con pesar. —¿Ah, no? Míranos aquí, tú obligada a venir por mi cita supervisada —llevó su codo al brazo de su silla colocando su rostro en su mano—. ¿Cuánto dinero recibiste? Tres mil dólares por tu despido, ¿no es así? —rió de manera vil. Mis ojos temblaron al verlo allí, tan tranquilo, tan demonial, tan imponente con una calma de hielo. —He investigado todos ustedes y sé que tu madre necesita unos tratamientos médicos que cuestan cada visita la mitad de ese dinero —rodó con calma sus ojos—. Si no me equivoco, la semana que viene tendrá una. La hipoteca también se acerca, por lo que apenas tendrás quinientos dólares para antes de final de mes. —Su sonrisa se tornó divertida, macabra. En ese momento era el sentimiento de estar en una mesa de ajedrez donde él movía las piezas a su beneficio. No éramos personas, solo objetos que él movía a su conveniencia. —No podrás hacer nada, tendré trabajo —disparé con seguridad. —¿Tendrás? —mantuvo su sonrisa calmada—. ¿Crees que podrás conseguir trabajo? Por mi mente pasó una película de horror donde imaginaba que él movía los hilos y no conseguía trabajo. Inconscientemente, llevé mi mano a mi muñeca contraria y la acaricié para apaciguar las sensaciones que tenía en esos momentos. Eran tantas que no podía controlarlas. Él supo que me había generado un estado de no saber dónde estar parada. Él levantó una ceja, mostrando una diabólica pero sexy presencia. —Cara mía (preciosa), ¿tú crees que ese dinero te lo consiguió ese tonto gerente? Yo te lo di solo para que no salieras sin nada. Además, es más divertido ver la desesperación humana cuando todo se está acabando —su sonrisa mostraba sus dientes blancos—, la sensación de que la arena se está escurriendo entre tus dedos y no puedes hacer nada. Sé que tú no tienes muchas opciones; la mejor opción para Edward soy yo. —No lo eres, tiene amor, algo que se nota que no le darás —dije sin pensar. Por un momento, su rostro de mármol inquebrantable pareció quebrarse unos segundos. No vi qué emoción había en su mirada, pero lo que sí sentía era molestia. Hubo un silencio que pareció un siglo y, con una calma que parecía mecánica, dijo: —Las emociones humanas son una tontería. Él estará bien y me aseguraré de que tenga… eso que llamas… ¿Amor?... eso no te hará comer ni vivir, ¿no lo crees? Dime, ¿cuántas personas viven en una vida de precariedad solo porque aman algo o a alguien? —Su sonrisa se volvió cínica—. No aferres a mi hijo a tu vida que se está desplomando poco a poco solo porque te aferras a una vida sin pie ni cabeza. Cada palabra mostraba a alguien sin escrúpulos ni sentimientos. Levanté mi barbilla, pues no permitiría que este hombre me usara como una simple marioneta solo para su diversión. —Prefiero una vida mil veces que se desplome mientras pueda construirla con amor. Pero, como veo, tú no sabes lo que eso significa. Negó lentamente la cabeza como si no hubiera esperado esa respuesta. —Así que, a diferencia de tu hermana, no quieres dinero, sino amor. —Su rostro pareció quebrarse más en grietas que eran invisibles—. Bien, te daré amor. Ahora dame a mi hijo. Palabras tan vacías que parecían calcadas en mí como un tatuaje. Sin quererlo, recordé a mi exnovio Timothy, quien siempre me prometió amor y las estrellas. El día que pensaba que sería el mejor de nuestras vidas me recibió una cachetada de su esposa junto a insultos. El restaurante que debió ser la celebración de nuestro año de noviazgo se convirtió en el bochorno de no ser nada más que la otra en una relación. Para mí, el amor era mentira. Solo había uno que siempre permanecería… el de tu familia. Dejé escapar un largo suspiro y tras esto respondí: —No necesito el amor de alguien que probablemente no sabe lo que significa. —No quiero tu dinero, nada de lo que me entregues —disparé de manera letal—. Haz lo que quieras, paga los abogados que desees y aun así será la misma respuesta. No dejaré que te lleves a mi hijo. Porque sí, bajo la ley, para mi corazón, y para él yo soy su madre. —Entonces me encargaré de arrancártelo. No llores mucho, porque no me gustan los sentimentalismos baratos. Seguiremos en contacto por la corte. Sin decir nada más, con lentitud movió su silla para girarse, dirigiéndose hacia Edward. Me miró por el rabillo de sus ojos y supe una cosa: esto sería difícil. A pesar de que la salida en el acuario mi hijo lo adoró, para mí fue pasar un día en el infierno donde Dante era el dueño.Hola ^^ comenten si le gusta







