Sus ojos coloridos se posaron en los míos. A pesar de que estaba ligeramente más decaído, aún se podía sentir ese control que podía tener. Él había nacido con ese don innato que era imposible de ocultar.
La noche, ese manto de oscuridad que era apagado por la luz de la luna, nos invitaba a acercarnos. Dante, con un movimiento de cabeza, apuntó hacia la acera y supe qué tenía que hacer. Tenía esa magia de hacer lo que quisiera conmigo, y yo solo reaccionar. Salí de la casa tranquila. Sabía que Au