63. Dejar ir
Nuestras miradas eran suficientes para sostener un combate silencioso. Aunque mi corazón me gritaba una y otra vez que todo eso debía ser falso, mi cabeza insistía en que debía ser cierto. En ese momento me repetía que Dante era un idiota, capaz de cualquier cosa.
No podía hundirme en un vaso de agua. Debía recordar lo que mi hermana siempre me profesaba: él no era bueno… entonces, ¿por qué debería dejar que me controlara por completo? Isabella continuó hablando de las modificaciones que deseaba