62. Quiero que cambien esta
Con una lentitud casi teatral, bajó sus lentes de sol llevando la pata hasta sus labios. Sonrió de esa manera tan visceral que delata que alguien ha encontrado a su presa. No dije nada; era la sensación de que ella era Medusa y que, con solo mirarme, me había paralizado. Sus ojos estaban encantados con la escena. Por otro lado, yo no reaccionaba, pues era la sensación de estar rodeada de serpientes: al mínimo movimiento iba a ser mordida.
—Buenas, señorita Bianchi —Romeo se levantó ofreciéndole