Livana contuvo el aliento nerviosa.
No se había esperado que Valerio viniera por ella.
Mucho menos después de lo que Isadora debía haberle dicho.
—Y-yo no puedo.
Inevitablemente Livana deslizó sus ojos por su cara hasta llegar a los labios de Valerio, pero conociendo sus pensamientos descabellados, cerró los párpados.
—No me hagas enojar, mujer.
La Thalassi se forzó a abrir los ojos nuevamente encontrándose con las enigmáticas orbes suyas que la hipnotizaban.
Los mismos ojos que un año a