Llegué al piso cuarenta a las siete de la mañana. Brenda me esperaba en la recepción con una sonrisa forzada y una tarjeta de acceso dorada.
—Tu nueva oficina está lista, Mila. El señor Sterling supervisó los cambios personalmente anoche.
—Gracias, Brenda. Al menos tendré luz natural.
Caminé por el pasillo central portando mi tableta corporativa. Al deslizar la tarjeta en el lector de la oficina contigua a la de Carter, la puerta se abrió. Me congelé en el umbral.
El espacio era amplio y amoblado con un gusto exquisito, pero la pared izquierda completa, la que colindaba directamente con el despacho de Carter, no era de hormigón. Era un enorme panel de cristal templado, totalmente transparente.
Carter ya estaba sentado detrás de su escritorio de roble negro.
No vestía chaqueta, solo su camisa gris con las mangas prolijamente arremangadas.
Ni siquiera levantó la cabeza de sus papeles cuando me vio entrar a mi propio espacio.
Caminé decidida hacia el cristal y le di tres golpes secos con los nudillos.
Carter se tomó su tiempo. Dejó el bolígrafo, se reclinó en su silla y me clavó esa mirada azul, helada e imperturbable.
Presionó un botón en su intercomunicador.
Su voz sonó nítida a través de los altavoces ocultos de mi techo.
—¿Problemas mecánicos con los nudillos, Evans?
—¿Qué es esto, Sterling? —exigí, cruzando los brazos—. ¿Un zoológico? ¿Un acuario corporativo?
—Es control de calidad —respondió él, con un tono plano, desprovisto de cualquier emoción—. Me costó una camisa entender que no sabe calcular distancias. Desde aquí puedo asegurarme de que no derrame nada sobre mis finanzas. O sobre mi paciencia.
—Esto es una violación flagrante de la privacidad ejecutiva.
—Esta es mi empresa, y ese cristal es unidireccional si yo presiono este interruptor. Pero prefiero dejarlo así. Me entretiene ver cómo se le frunce el ceño cuando no le cuadran las líneas de crédito.
—Es usted un tirano manipulador.
—Soy el CEO. Camine a su escritorio, Evans. Le quedan exactamente tres días para reestructurar el presupuesto y le aseguro que la estoy vigilando.
Le sostuve la mirada dos segundos más antes de darle la espalda. Me senté en mi silla, sintiendo el peso de sus ojos clavados en mi nuca. Intenté concentrarme en el sistema contable SAP, pero a las once de la mañana, un bloqueo del sistema congeló mi pantalla. Un aviso en rojo parpadeó: Acceso denegado. Archivos restringidos por la Dirección de Publicidad.
Me levanté de golpe, salí de mi oficina y caminé a grandes zancadas hacia el final del pasillo, donde Oliver, el director de publicidad, tomaba un café.
—Oliver. ¿Por qué están bloqueadas las facturas físicas de la colección de invierno? —pregunté, sin rodeos.
Oliver sonrió con desdén, limpiándose los labios con una servilleta.
—Hola, Mila. Es política del departamento. Los documentos originales de las agencias de París están en revisión interna. No podemos liberar datos a personal... Áexterno al proceso creativo.
—Soy la directora financiera. No soy personal externo. Necesito auditar los costes de los proveedores de impresión hoy mismo.
—Pues tendrás que esperar a que termine la semana de la moda. Estamos muy ocupados gastando el dinero que tú pretendes guardarte en los bolsillos.
—No se mueva de aquí —le advertí, dando la vuelta.
Regresé a la suite ejecutiva. Entré a mi oficina, abrí la puerta interconectada y entré al despacho de Carter sin llamar. Él levantó una ceja, asqueado por la interrupción.
—No recuerdo haberle dado permiso para entrar, Evans.
—Su director de publicidad está saboteando la auditoría. Bloqueó el acceso a las facturas de París.
Carter dejó correr un pesado silencio. Se levantó lentamente, rodeando su escritorio. Su figura alta y dominante me obligó a levantar la barbilla.
—¿Y viene a pedirme que le resuelva el problema? Pensé que la niña prodigio de Wall Street sabía morder sola.
—Sé morder, Sterling. Pero usted me puso un límite de tiempo. Si su equipo oculta información, están protegiendo el desfalco de Marcus Vance o están intentando hacerme perder el plazo. De cualquier forma, es su dinero el que vuela.
Carter caminó hacia la puerta de su oficina, rebasándome por centímetros. Su voz cortó el aire como una cuchilla cuando miró hacia el pasillo.
—Brenda. Llame a Oliver. Ahora mismo.
Dos minutos después, Oliver entró a la oficina de Carter, perdiendo un poco de su arrogancia al ver la expresión de piedra del jefe.
—¿Señor Sterling? ¿Ocurre algo con la campaña?
—Evans dice que bloqueaste los registros de París —dijo Carter, con una calma que daba escalofríos.
—Señor, son archivos confidenciales de diseño. La señorita Evans es nueva y quiere recortar el presupuesto de los directores creativos en Francia...
—Oliver —lo interrumpió Carter, dando un paso al frente. Su tono fue gélido y dominante—. No te pagué un bono el mes pasado para que actúes como el guardián de un archivo muerto. Dale las claves de acceso a Evans en los próximos sesenta segundos o tu carta de despido estará lista antes del almuerzo. Aquí nadie oculta números.
Oliver tragó saliva, mirando a Carter y luego a mí con puro resentimiento.
—Sí, señor Sterling. Lo haré de inmediato.
—Fuera —ordenó Carter.
Oliver se retiró a toda prisa. Me quedé parada junto al escritorio, asimilando la fría intervención de mi jefe.
—No lo hizo por mí —comenté en voz baja.
—Lo hice por mi balance de pérdidas y ganancias, Evans —respondió Carter, regresando a su silla sin mirarme—. No confunda mi intolerancia a la estupidez con simpatía hacia usted.
Vuelva a su pecera.