El tintineo de los cubiertos de plata contra la vajilla de porcelana fina era el único sonido que competía con el murmullo de Central Park a través del inmenso ventanal del ático.
Arthur Pendelton masticaba su filete con una lentitud exasperante, como si cada bocado fuera un análisis de riesgo corporativo. A sus setenta años, sus ojos oscuros y hundidos mantenían la misma agudeza con la que había devorado empresas en Wall Street durante décadas.
Carter estaba sentado en la cabecera de la mesa,