El aire en el despacho a oscuras se había vuelto tan denso que mis pulmones protestaban con cada bocanada. Los dedos de Carter seguían fijos en mi mandíbula, ejerciendo una presión firme, posesiva, que me obligaba a sostenerle la mirada en medio de la penumbra azulada de Manhattan. Su pulgar acarició sutilmente la línea de mi mentón, un movimiento lento que me causó un escalofrío eléctrico directo a la columna.
—No respondes, Evans —susurró, su voz bajando a un registro tan ronco y grave que vi